Danna llevó las cajas hasta la habitación con pasos lentos, como si el simple hecho de tocarlas pesara más de lo normal. Las dejó sobre la cama, alineadas con cuidado, y se quedó de pie unos segundos mirándolas, intentando reunir el valor para abrirlas. Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas, irregulares.
Finalmente, tomó la caja más grande y levantó la tapa.
El vestido apareció ante sus ojos como una llamarada. Era rojo, cubierto de brillos que atrapaban la luz incluso con las