John se quedó unos segundos más frente a la entrada del aeropuerto, inmóvil, con las manos en los bolsillos del abrigo. El flujo de gente seguía entrando y saliendo, ajena a todo. Cuando estuvo seguro de que Tom ya no podía verlo ni escucharlo, giró sobre sus talones y caminó con paso firme hacia el estacionamiento.
Dimitri lo esperaba apoyado en el coche, con los brazos cruzados y la mirada atenta.
—Ya va rumbo a migración —dijo Dimitri apenas John se acercó—. No sospecha nada.
—No —respondió