El reloj marcaba la 1:48 de la tarde cuando el rugido del motor se escuchó afuera. Tom, que estaba en la cocina preparando café, hizo una mueca. Ya sabía quién era. John siempre llegaba sin avisar, a su ritmo, como si el mundo tuviera que acomodarse a su agenda.
Se asomó por la ventana justo a tiempo para ver la camioneta negra detenerse frente a la casa. Dos hombres bajaron del vehículo, abrireron la parte trasera y comenzaron a mover las primeras cajas.
Tom apretó los dientes.
Las entregas si