Luces, cámara y... traición

El centro comercial de lujo se sentía como un territorio hostil para Daniela.

Caminaba entre escaparates de diamantes y bolsos que costaban más que su carrera universitaria, sintiendo el peso de la tarjeta metalizada en su bolso como si fuera carbón encendido.

—¡Thea! —exclamó Daniela en cuanto vio a su mejor amiga junto a la fuente de mármol.

—¡Dany! ¿Qué es esta urgencia? Dijiste compras, pero tu cara dice "funeral" —respondió Thea, pero su expresión cambió cuando Daniela la tomó del brazo y la llevó a un rincón apartado.

—¿Por qué lo hiciste, Thea? ¿Por qué firmaste ese documento sin decirme nada?

Thea parpadeó, genuinamente confundida. No comprendía por qué si amiga estaba de tan mal humor de repente.

—¿De qué hablas? Yo no he firmado nada, Daniela.

—¿Te suena el nombre Elliot Vance? —Daniela la escrutó con la mirada.

—¡Pues claro! Un hombre se presentó en mi tienda ayer. Dijo que era el director de Relaciones Públicas de Vance y que Elliot era un gran admirador de mi trabajo artístico... ¡quería mi autógrafo! Me puse tan nerviosa que firmé donde me pidió.

Daniela soltó un bufido de pura frustración.

—Thea, ¿no te preguntaste por qué un magnate como él querría un autógrafo tuyo? Firmaste el primer papel que te puso delante. ¿Sabes acaso lo que hiciste?

Mientras más habla, más molesta se siente Daniela.

Cuando Thea le da por respuesta una negación con su cabeza, Daniela suelta un suspiro y le dice:

—Firmaste como testigo de nuestra boda.

—¡¿Qué?! —Thea gritó, atrayendo miradas de las compradoras elegantes—. ¡¿Te has casado con ese papacito?! ¡Me dijiste que lo odiabas! ¡Se supone que nos contamos todo! ¡Me perdí la boda de mi mejor amiga!

—¡Cálmate! Es una boda falsa —susurró Daniela, tapándole la boca—. Elliot se casó por error con una estafadora en Los Ángeles. Ella quiere su fortuna, y él fabricó un fraude legal para demostrar que ya estábamos casados antes del viaje.

Thea guardó silencio por tres segundos antes de que una sonrisa traviesa cruzara su rostro.

—O sea, que eres legalmente la esposa de Elliot Vance. Dany, estás viviendo el sueño de millones de chicas. ¡Disfrútalo! Si él va a pagar tu deuda y darte un aumento, lo mínimo que puedes hacer es lucir como una reina mientras le robas el aliento.

Thea no perdió tiempo. Arrastró a Daniela a una boutique de alta costura antes de que esta tuviera tiempo a decir algo más.

Treinta minutos después, Daniela se miraba al espejo y no se reconocía.

El vestido era una obra de arte de encaje negro; un body color nude cubría lo esencial, dejando el resto a la imaginación bajo la delicada red de hilo negro.

Era peligroso, elegante y gritaba "propiedad privada de un millonario".

Cuando Daniela entró en la oficina de Elliot esa noche, el aire pareció succionarse de la habitación.

Él estaba de pie junto al ventanal, luciendo un traje azul noche hecho a medida que resaltaba la anchura de sus hombros y el brillo gélido de sus ojos.

—¿He llegado tarde? —preguntó ella, con la boca seca.

Elliot no respondió de inmediato. Sus ojos azules recorrieron cada curva de Daniela, desde el encaje que abrazaba sus caderas hasta el escote que desafiaba la gravedad.

El silencio se prolongó tanto que Daniela se removió incómoda.

—¿Tengo algo mal? ¿El vestido no es adecuado?

—No —dijo él con la voz más ronca de lo habitual. Se acercó a ella hasta que sus pies chocaron, ignorando las miradas curiosas de los empleados que aún quedaban afuera—. Todo lo contrario. Estás... radiante, Daniela.

Él extendió la mano y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.

El roce de sus dedos contra su piel le provocó un escalofrío que Daniela no pudo ocultar.

—Tranquila —murmuró él ante su nerviosismo—. Yo te tengo.

Antes del evento, el coche se detuvo frente a "El banco de los enamorados", una cafetería que parecía sacada de un cuento de hadas.

—Es hermoso —susurró ella al entrar.

—Lo compré hace un mes. Una inversión —aclaró él con su habitual frialdad empresarial.

Pero en cuanto se sentaron y Daniela notó el destello de los flashes de los paparazzi tras el cristal, la actitud de Elliot cambió drásticamente.

Se inclinó hacia ella, tomándole la mano con una ternura fingida.

—Cada momento contigo se siente como un sueño, mi amor.

Daniela frunció el ceño. "Qué frase tan mala", pensó. Pero al ver los flashes las cámaras fuera del establecimiento, entendió el juego.

—¿Me vas a invitar a tomar algo o tengo que seducirte yo misma? —le susurró ella al oído, disfrutando al notar cómo la piel de Elliot se erizaba ante su cercanía.

Jugaron a los enamorados. Compartieron una bebida, sus manos se entrelazaron "accidentalmente" y ella rozó su pierna con el pie bajo la mesa.

La tensión era tan real que Daniela empezó a olvidar que todo era una farsa.

___

La alfombra roja fue un caos de luces cegadoras.

—¡Elliot, por aquí! —gritó un reportero—. ¿Cuánto tiempo llevan juntos?

—Cuatro meses —respondió Elliot con una sonrisa encantadora que Daniela nunca le había visto—. Ella repartía pizza para pagarse los estudios. La primera vez que abrió la puerta, no pude dejar de mirarla. Empecé a pedir pizza todos los días... lo cual fue terrible para mi figura, pero valió la pena.

Los periodistas rieron.

—Entonces, en cambio, le ofrecíun trabajo, —continúa narrando él— pensando que se me pasaría. Hasta que un día, finalmente me convencí de invitarla a salir...

Los ojos de él arden con deseo y pasión mientras la mira.

"Es un maldito excelente actor" —pensó ella mientras le siguió el juego.

—¡Regálenos un beso, señor Vance! —gritó alguien.

Daniela esperaba una negativa, pero Elliot la rodeó por la cintura y la atrajo hacia su pecho con una fuerza que le cortó el aliento.

Sus labios se encontraron, suaves al principio, probándose, hasta que la química que habían estado reprimiendo explotó.

Él la besó con hambre, y Daniela, olvidando las cámaras y el contrato, enredó sus manos en su cuello para profundizar el contacto.

Elliot sabía a whisky caro y a pecado. Su lengua exploró la de ella, y un gemido involuntario escapó de la garganta de Daniela.

"Siempre me pregunté cómo se sentiría besarlo, pero ya no tengo por qué hacerlo." —pensó ella mientras permitió que él explorara sus labios.

Su lengua se deslizó fácilmente en la boca de ella y descubrió que Elliot Anderson sabía a cielo.

Él se alejó un poco, pero Daniela no quiere que el beso termine.

Envolvió sus brazos alrededor de su cuello y lo arrastró hacia sí para darle otro beso.

Él la besa fuerte y ásperamente, tal como ella quiere que lo haga.

Sus manos se movieron por su espalda, explorando sus curvas y arrugando su vestido mientras apretó la tela.

Los periodistas siguen gritando y tomando fotos, pero Daniela apenas los notó.

Cuando la mano de él bajó por su espalda y apretó con posesión su trasero, el mundo desapareció.

—¡LO CONSEGUÍ! —gritó un fotógrafo, rompiendo el hechizo.

La magia se disolvió. Elliot se separó con una sonrisa juvenil, pero sus ojos de repente se fijaron en un punto tras la multitud.

Su expresión se volvió de piedra.

Daniela siguió su mirada.

Una mujer con uniforme de camarera, la misma que ella recordaba del casino de Los Ángeles, se abría paso a empujones.

—¡Elliot Vance es un fraude! —gritó la mujer, señalándolos mientras los periodistas se abalanzaban sobre ella—. No crean sus mentiras. ¡Esa pelirroja no es su mujer! ¡YO soy su verdadera esposa y quiero lo que es mío!

El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el frenesí de los flashes que ahora captaban el rostro pálido de Daniela y la mandíbula apretada de Elliot.

El juego acababa de volverse mortal.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP