El silencio en el ático de los Vance no era un silencio vacío; era una masa densa, casi física, que presionaba los oídos de Daniela.
Tras la visita para nada deseada de Enma, el aire parecía haber quedado impregnado de un rastro de veneno.
Una vibración baja y maliciosa que hacía que cada rincón del lujoso apartamento se sintiera hostil.
Daniela se quedó inmóvil junto a la puerta durante lo que parecieron horas, aunque el reloj de pared, con su tictac aristocrático, apenas marcó cinco minuto