La armadura de seda

Sin esperar respuesta, Elliot se movió con una rapidez felina.

La rodeó, atrapando la seda de su blusa con ambas manos, y tiró con una fuerza bruta que la abrió de par en par.

Los botones saltaron, tintineando contra el suelo de madera como pequeñas gotas de lluvia.

Daniela soltó un jadeo de pura sorpresa, sintiendo cómo el aire fresco de la habitación golpeaba su piel desnuda.

Durante unos segundos que parecieron eternos, no pasó nada más.

Elliot se quedó inmóvil, demasiado ocupado devorán
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