Mundo ficciónIniciar sesión—¿Qué acaba de decir? —preguntó Daniela.
El ruido de la lluvia golpeando el asfalto y el frenesí de su propio corazón, la hacían dudar de su cordura. —Has escuchado perfectamente, Daniela —le soltó él. Elliot acortó la distancia, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo ver el azul eléctrico de sus ojos, gélidos y decididos—. Necesito que te cases conmigo. —¿Que me case con usted? —La voz de Daniela tembló. No era solo la propuesta lo que la desestabilizaba, sino la forma en que Elliot la sujetaba del brazo; no como a una empleada, sino como a una posesión valiosa que no estaba dispuesto a dejar escapar. Elliot tenía miedo, ella lo podía ver debajo de toda esa coraza. Daniela sintió una oleada de náuseas. ¿Casarse? ¿Con él? Con el hombre que había hecho de su vida un infierno durante todos esos seis meses. Con el hombre que no hacía más que exigirle hasta que estuviera a punto de desmayarse de agotamiento. Con el hombre al que odiaba con todas sus fuerzas. De pronto, una carcajada histérica brotó de su garganta. —Esto es una broma, ¿verdad? —Él no parpadeó—. Entonces es una prueba de lealtad. Quiere ver hasta dónde soy capaz de llegar por este empleo. —Daniela, mírame. No hay trampas ni bromas —sentenció Elliot, y su paciencia pareció quebrarse—. Necesito que te cases conmigo, ya te dije que algo sucedió anoche en Los Ángeles y el tiempo se me agota. Ven conmigo a la oficina, ahora. Antes de que Daniela pudiera procesar el pánico que empezaba a entumecerle las piernas, Elliot ya le entregaba un billete de cien dólares al taxista y la guiaba con una firmeza implacable hacia su coche oficial. El trayecto fue un sepulcro de silencio. Daniela miraba por la ventanilla, pero solo veía el reflejo de su propia angustia. Si perdía este trabajo por negarse a la locura de Elliot, no solo ella caería; su madre, que había pasado treinta años fregando suelos para darle una educación, terminaría en la calle. El peso de esa responsabilidad se sentía como plomo sobre sus hombros. Una vez en la oficina, Elliot le retiró la silla con una cortesía que no era típica de él. —Estás demasiado callada —dijo él, escrutándola con esa mirada analítica que ella tanto detestaba—. No es propio de ti. Llevaba un mes analizándola; Daniela era eficiente, rápida y, por alguna razón que él no quería admitir, lo atraía de una manera que empezaba a ser peligrosa. Daniela se cruzó de brazos, intentando contener el temblor de sus manos. —¿Ahora resulta que me conoce? —espetó ella, cruzándose de brazos. —Te he estado observando, Daniela. Sé cuando estás nerviosa. —le dice él sin perder la calma. —Entonces ¿puede dejar de observar y explicar por qué demonios quiere que sea su esposa? Elliot se sentó frente a ella, entrelazando sus dedos largos sobre el escritorio. —Míralo como un negocio. Un contrato más de la empresa. —Elliot, vas a tener que ser mucho más explícito —exigió ella, perdiendo toda formalidad. Él suspiró, frotándose la sien. —Anoche en el casino... las cosas se salieron de control. Solo recuerdo haber tomado un poco de whisky, pero de repente todo es confuso. Desperté legalmente casado con la camarera que nos atendió, Enma Soler. Ella no ha perdido ni veinticuatro horas para demandarme por la mitad de mi fortuna. De inmediato, Daniela recordó a la camarera rubia que intentaba ser amable de más. Ella parpadeó incrédula. La ironía era casi cómica: el gran estratega Elliot Vance había sido cazado por una oportunista. Había caído en la trampa más vieja del libro. —Todo eso apesta, de verdad —dijo Daniela con una pizca de sarcasmo—, pero sigo sin entender qué tengo que ver yo en su desastre matrimonial. —Mucho. Para anular ese matrimonio, mi equipo legal dice que debo demostrar que ya estaba casado previamente. Preparé un contrato que establece que tú y yo nos casamos en secreto hace tres semanas. Ya está firmado por testigos que aceptaron... "ajustar" la realidad. —¡¿Cómo?! —Daniela se puso en pie, furiosa—. ¡Eso es ilegal, Elliot! ¡Es fraude! —Es una mentira piadosa para salvar mi imperio.—respondió él con una calma exasperante—. Lo tengo todo controlado. Daniela explotó al escuchar esas palabras. A Elliot solo le interesaba él y nadie más que él. —Ese es el problema. Usted lo planea todo, lo arma todo, ¡pero no se molestó en preguntarme! Dio por hecho que aceptaría porque nadie le dice que no al gran Elliot Vance. ¿Quiénes son esos supuestos testigos? —Paul Winston fue nuestro padrino... y Thea, tu dama de honor. —¿Thea? —El nombre de su mejor amiga fue la gota que colmó el vaso—. ¿Consiguió que mi mejor amiga firmara una mentira antes de hablar conmigo? Daniela sintió que la sangre le hervía. La manipulación de Elliot no tenía límites. —Mantendremos la farsa una semana —continuó él, ignorando el fuego en los ojos de Daniela— y luego nos divorciaremos en secreto. —¡Usted no tiene escrúpulos! —espetó ella, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a escocerle los ojos. Daniela se giró, dispuesta a huir de aquel lugar, de sus deudas y de la sombra de ese hombre. La situación la había sobrepasado. Pero él fue más rápido. La alcanzó antes de que tocara el pomo, bloqueándole el paso con su cuerpo mojado y una mirada que ahora ardía con una intensidad peligrosa. —Suélteme. No soy su marioneta —le gritó ella, con la voz quebrada por la desesperación. —¡Escúchame bien! —rugió él, sujetándola por los hombros—. No es solo por mi dinero. Si aceptas, liquidaré tu deuda estudiantil hoy mismo. Cada centavo. Y te promocionaré a asistente de producción musical bajo mi tutela. Daniela se quedó paralizada. El aire se volvió pesado. La deuda era el monstruo que le quitaba el sueño, que hacía que su madre trabajara turnos dobles a sus sesenta años. La negación firme de ella vaciló. Si él le pagaba su deuda, una vez que se acabara todo ella podría tener la libertad que tanto ansiaba para poder irse de ahí. Elliot acababa de ponerle precio a su libertad. —Si rechazas, se lo pediré a otra persona —añadió él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal—. Pero tú volverás a tu apartamento de mala muerte y verás cómo el banco le quita la casa a tu madre. Sé que tienes el aviso de embargo, Daniela. No tienes otra opción. El dolor de la traición la atravesó. Él lo sabía. Había investigado sus finanzas para tenerla acorralada. Era un sucio, tenía todo en su poder para manipularla. Daniela se sintió pequeña, atrapada en una red. —Necesito tiempo para pensarlo... —susurró, con el orgullo hecho pedazos. —No lo hay. Esta noche tenemos nuestra primera aparición pública. La prensa tiene que creer que eres la mujer que me robó el corazón antes de aquel viaje. Él le puso una tarjeta de platino en la mano. El contacto de sus dedos le envió una descarga eléctrica que odió sentir; una mezcla de deseo prohibido y repulsión. —Compra el vestido más caro que encuentres. Haz que todos se crean la mentira. Te quiero aquí a las ocho, esposa. Elliot salió de la oficina, dejándola sola. Daniela miró su reflejo en el cristal. Se veía pálida, con los ojos empañados. "Acabo de venderle mi alma al diablo", pensó, apretando la tarjeta contra su pecho. "Y lo peor es que no tengo más remedio que darle las gracias".






