La relación entre Daniela y Elliot siempre había sido una guerra fría. Ella despreciaba su arrogancia, su carácter posesivo y esa fama de mujeriego que lo precedía. Para ella, Elliot Vance era un CEO brillante, la empresa estaba viviendo sus mejores años con él al mando, pero un ser humano deplorable que trataba a las personas como activos reemplazables.Sus trabajadores no eran más que eso, personas prescindibles que reciclaba una y otra vez cuando cometían un mínimo detalle. —¡Daniela! ¡A mi oficina, ahora! —la voz de Elliot tronó por el intercomunicador, cargada de esa impaciencia que ella tanto detestaba.Ella llevaba siendo su asistente personal desde hacía seis meses. Un tiempo récord comparada con las anteriores, pero odiaba su trabajo y a su jefe.Cuando Daniela entró lo encontró frente al ventanal. Era insultantemente apuesto, con una mandíbula que parecía tallada en granito y una mirada azul capaz de congelar el océano.—Nos vamos a Los Ángeles, tengo un contrato importa
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