Mundo ficciónIniciar sesiónLos flashes de los paparazzi se volvieron un enjambre frenético alrededor de Enma Soler.
Ella sostenía una sonrisa de triunfo, relamiéndose ante el caos que acababa de provocar. —¡Miente! —rugió Elliot, su voz tronando por encima del murmullo escandalizado—. No crean una sola palabra de lo que dice esta mujer. —¿Miento? —Enma soltó una carcajada plateada y levantó la mano izquierda, mostrando un anillo—. Elliot me deseaba, pero le dije que no estaba interesada. Él no acepta un "no" por respuesta, así que finalmente cedí. Me puso este anillo en el dedo durante una hermosa ceremonia en Los Ángeles. Daniela entrecerró los ojos. Desde su posición, pudo notar que la joya de Enma era una baratija; el metal brillaba con un tono artificial y la piedra parecía plástico. Era, literalmente, un anillo de juguete. —Es evidente que yo no compré esa basura —espetó Elliot con un desprecio cortante—. Jamás me rebajaría a algo así. Siendo quien soy, habría comprado un diamante capaz de cegar a cualquiera, ¿no creen? Un murmullo de duda recorrió a los periodistas, pero Daniela sintió que el pánico le oprimía el pecho. El anillo. No habían pensado en ese detalle vital. Estaban a punto de ser expuestos frente a todo Nueva York. Enma, como si pudiera leer su terror, clavó su mirada en ella. —¿Ah, sí? Perfecto. Vamos a comprobarlo —desafió Enma con malicia—. ¿Dónde está el enorme anillo de tu supuesta esposa? El cuerpo de Daniela empezó a temblar violentamente. Estaba perdida. Sin embargo, sintió el brazo de Elliot rodearla con una fuerza posesiva y su aliento caliente rozándole el oído. —Revisa el bolsillo derecho de tu vestido —susurró él. Daniela hundió la mano en la tela de encaje y sus dedos tropezaron con algo metálico y frío que no estaba allí antes. Con la agilidad de una prestidigitadora, se deslizó la joya en el dedo anular antes de sacar la mano y elevarla bajo los focos. El diamante era una roca colosal que capturó cada luz del recinto, proyectando destellos prismáticos en el rostro ahora pálido de Enma. —Justo ahí está —sentenció Elliot con voz de acero. La cólera desfiguró las facciones de Enma. —¡Es una farsa! Si es cierto que están casados, ¿por qué no viven juntos? —gritó, desesperada por no perder el control de la narrativa. —Daniela se mudará conmigo este mismo viernes —respondió Elliot con una calma aterradora—. Mi casa ha estado en remodelación las últimas semanas y me he alojado en un hotel. Por eso no hemos compartido techo aún. —Y porque no estábamos listos para el acoso de la prensa —intervino Daniela, recuperando el aliento y mirando a las cámaras con una seguridad que no sabía que poseía—. Decidimos hacerlo público hoy y miren lo que sucede. Si este es el primer día, ¿qué nos esperará más adelante? Elliot la miró de reojo y, por un segundo, el brillo en sus ojos azules no fue de actuación; era orgullo puro ante la inteligencia de su "esposa". —¡Es fraude, Elliot! —chilló Enma mientras el equipo de seguridad la arrastraba fuera de la alfombra roja—. ¡Me aseguraré de buscar al mejor abogado y te hundiré! —Hazlo, estaré esperando. Una vez que la seguridad arrastró a Enma fuera de la alfombra roja, el silencio que quedó fue casi más ensordecedor que sus gritos. Elliot no soltó la cintura de Daniela; al contrario, sus dedos se enterraron con más fuerza en la tela de su vestido, marcando su territorio frente a los flashes que no paraban de disparar ___ Horas después, el ambiente en la oficina de Elliot era diametralmente opuesto. Paul caminaba de un lado a otro mientras Elliot se pasaba las manos por el cabello, desquiciado. —Relájate, amigo —dijo Paul con tono profesional—. Soy el mejor abogado de la ciudad. Arreglaremos esto. —¿Cómo? —rugió Elliot. —Primero, mudándose juntos de inmediato. Segundo, manteniendo la farsa al menos... seis meses. —¡¿Seis meses?! —estalló Daniela—. ¡No! El trato era una semana. —Daniela, las cosas han cambiado —explicó Paul—. Si esa mujer busca un abogado, el proceso judicial se alargará. Necesitamos una base sólida para que el juez no sospeche. Daniela negó con la cabeza, sintiéndose atrapada en una red que se cerraba cada vez más. Elliot se acercó a ella, tomándole las manos. Sus palmas estaban calientes y su mirada era una súplica ardiente. —Por favor, Daniela. Haré lo que sea. Te mantendré de por vida después de esto. Pídeme lo que quieras. Te daré lo que sea. Daniela pensó en su madre. Años limpiando suelos ajenos para que ella pudiera ir a la universidad. El sueño de su madre era una casita blanca en Grecia, frente al mar. Si aceptaba, Elliot Vance estaría en la palma de su mano para cumplirlo. —De acuerdo —cedió ella al fin—. Pero, ¿cómo supo Enma que no estábamos casados? —Ni idea —dijo Paul—. Pero hay una regla más: ninguno de los dos puede ser visto con nadie más de manera romántica. ¿Problemas con eso? —Ninguno —dijo Elliot de inmediato. —Yo tampoco —bufó Daniela—. Gracias a las exigencias de mi jefe, no tengo tiempo ni para sexo casual. Elliot le lanzó una sonrisa divertida y le guiñó un ojo, haciendo que el pulso de ella se disparara. —Bien, si ambos están de acuerdo, me marcho, tengo mucho papeleo que preparar. —Paul se despidió, dejándolos solos en la penumbra de la oficina. —Muchas gracias por hacer esto —murmuró Elliot, acercándose más. —Todavía no me lo agradezcas. No he decidido el precio de este favor. —Lo que sea valdrá la pena cuando les cuente a todos cómo conquisté a la chica más hermosa del mundo. Daniela puso los ojos en blanco. —Lo digo en serio, creo que eres muy hermosa. —¿Ah, sí? En ese caso dime, ¿cómo fue que me conquistaste? —Creo que es mejor si te lo muestro. Se acercó aún más a ella. Bajó la cabeza hacia su cuello y recorrió la línea de su mandíbula con la lengua, provocando un cosquilleo eléctrico que la hizo derretirse. La besó con una exigencia áspera, y Daniela respondió mordiéndole el labio inferior. El gemido de Elliot fue el detonante. La levantó en peso, sentándola sobre su escritorio mientras ella abría las piernas para dejarle espacio entre ellas. Daniela tiró de su corbata, arrastrándolo hacia su boca con desesperación. Sus manos exploraban, su ropa empezaba a estorbar... hasta que una carcajada en el pasillo los devolvió a la realidad. Elliot se separó de golpe, jadeando, con los labios hinchados. Se arregló la corbata con manos expertas. —Pues... así es como te habría seducido —dijo con una sonrisa pícara. La ayudó a bajar del escritorio y se dirigió a la puerta—. Nos vemos el viernes, señora Vance. ___ El viernes llegó con una mudanza rápida. La casa de Elliot no era una casa; era un palacio moderno que parecía un museo de cristal y acero. —¿Te gusta? —preguntó él mientras la ayudaba con las cajas. —Vives en un museo, Elliot. Es hermosa. Daniela recorrió el pasillo, pero su atención se fijó en una puerta al final, la única que él no había abierto durante el recorrido. —¿Y esa habitación? —Es mi dormitorio —dijo él, su voz volviéndose repentinamente fría—. Y queda estrictamente fuera de los límites. El timbre sonó en ese momento y Elliot se alejó para recibir a alguien. Daniela se quedó sola en el pasillo. La curiosidad, ese rasgo que Elliot tanto criticaba, pudo más que ella. Vio que la puerta del dormitorio estaba entreabierta y se deslizó dentro. El tamaño era imponente, pero lo que la dejó sin aliento fue la cama de madera maciza, rodeada por cuatro postes revestidos de tul negro. Y entonces, sus ojos bajaron. A los pies de la cama descansaban unas esposas de acero pulido. A la derecha, una vitrina de cristal iluminada exhibía una colección de varas, fustas y látigos de cuero de todos los tipos imaginables. Daniela sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El pulso le latía en los oídos como un tambor de guerra. "¿En qué demonios me he metido?", pensó, mientras el sonido de los pasos de Elliot regresaba por el pasillo. ___ El olor a humedad y a tabaco rancio de la habitación de hotel se le pegaba a la piel como una maldición. Enma Soler contemplaba las grietas del techo de un motel de mala muerte en las afueras de la ciudad. Hizo una mueca de asco al dar un sorbo a la copa de plástico. El vino era barato, ácido, un insulto para su paladar, pero era lo único que podía permitirse mientras sus cuentas seguían congeladas por los abogados de Vance. —Disfruta tu victoria, Elliot... por ahora —susurró, y su voz sonó como el siseo de una serpiente en la penumbra. Lanzó la copa contra la pared descascarada. El líquido oscuro salpicó el papel tapiz, pareciendo una mancha de sangre fresca. La rabia le quemaba las entrañas, una mezcla de humillación y hambre de poder. Se puso en pie y caminó hacia el espejo sucio del baño. Se pasó los dedos por el cabello desordenado y sonrió de una manera que habría hecho temblar a cualquiera. —Creen que un contrato y un anillo de verdad los salvarán —dijo para su propio reflejo—. No saben que yo no juego con reglas. Voy a desenterrar cada uno de tus secretos, voy a destruir esa farsa de matrimonio y, cuando termine, Elliot Vance me rogará de rodillas que regrese.






