La puerta del baño estaba abierta de par en par.
Alejandro estaba allí, en el umbral que separaba el mármol frío de la alfombra cálida del dormitorio.
En su mano derecha, sostenía la varita de plástico blanco como si fuera un cetro real o una reliquia sagrada que acababa de desenterrar.
El capuchón rosa brillaba bajo la luz de la mañana.
—Dámelo —dije. Mi voz salió tranquila, demasiado tranquila, la calma artificial de quien ve una bomba a punto de estallar.
Alejandro no me obedeció.
Levantó la