Salí del baño como quien sale de un búnker después del bombardeo.
Lorenzo estaba de pie junto a la cama, con los puños cerrados y esa mirada de perro de presa que huele el miedo.
Esperaba una pelea. Esperaba más resistencia, más gritos, más excusas sobre úlceras y estrés.
Necesitaba tiempo. Y la única forma de comprar tiempo con Lorenzo Castillo era con la moneda que él más valoraba: la sumisión.
Me detuve frente a él. Bajé la cabeza, dejando que mi pelo cayera sobre mi cara como una cortina de