La Audiencia Nacional no olía a justicia. Olía a madera vieja, a sudor frío y a la tinta fresca de las sentencias que arruinaban vidas.
Entré en la sala con la cabeza baja, vestida con un traje sastre negro, sobrio, casi monacal.
No llevaba joyas, excepto mi anillo de casada, que mantenía en el dedo como un recordatorio visual de mi "sufrimiento".
La sala estaba abarrotada. Prensa, curiosos, enemigos de Lorenzo que habían venido a ver caer el árbol.
Pero yo solo tenía ojos para la jaula de cris