El sol de la mañana entraba por los ventanales de la Suite Real del Hotel Mandarin Oriental, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire acondicionado.
No olía a humo. No olía a pólvora. Olía a sábanas limpias, a café recién hecho y a victoria.
Me senté en el borde de la cama, con una bata de seda blanca que no tenía ni una mancha de sangre. En la cuna portátil, junto al ventanal,
Leonardo dormía con los puños cerrados, ajeno a que su padre biológico estaba en una celda y su padr