La Clínica López Ibor no olía a medicina. Olía a contención.
Caminé por el pasillo del Pabellón de Agudos con mis tacones resonando sobre el linóleo verde pálido.
A mi lado, el director del centro, un hombre con una bata demasiado blanca y una sonrisa demasiado comercial, intentaba seguirme el paso.
—Está estable, señora Castillo —dijo, consultando su tablet—. Aunque su percepción de la realidad sigue siendo... fragmentada. Insiste en que está esperando a alguien.
—Lo sé —dije, ajustándome las