El Cementerio de la Almudena era una ciudad de piedra gris bajo el cielo plomizo de Madrid.
Caminé por las calles de los muertos, mis tacones hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. No llevaba luto.
Llevaba un abrigo de cachemira blanco, inmaculado, brillante. El color que Lorenzo me había obligado a usar para fingir pureza, ahora lo usaba para proclamar mi victoria.
Llegué a la parcela 4B.
Hace cinco años, esta tumba era un montículo de tierra con una cruz de madera barata. No tenía diner