El humo se disipaba lentamente, revelando la ruina de lo que alguna vez fue el imperio Castillo.
Lorenzo yacía en el suelo, boca abajo, sobre la alfombra quemada.
Un charco oscuro se extendía bajo su hombro derecho, manchando la camisa blanca que ya estaba gris por el hollín.
No estaba muerto.
Lo vi moverse. Un espasmo. Un gemido ronco que sonaba a maquinaria rota. Intentó levantarse, arrastrándose sobre el brazo sano, pero sus piernas resbalaron en su propia sangre.
Mateo caminó hacia él. Pate