Mi teléfono no dejaba de vibrar. El Confidencial, El Mundo, Expansión. Todos replicaban la misma mentira: Elena Rojo, la niña prodigio de NexTech, era una lavadora de dinero.
Salí del edificio de Mateo con la cabeza alta, aunque por dentro me estaba derrumbando. Sabía que la prensa estaría en mi oficina. Tenía que llegar antes que ellos.
Un Maybach negro blindado se cruzó en mi camino, bloqueando la acera con un chirrido de neumáticos.
No era la policía. Era peor.
La puerta trasera se abrió antes de que el coche se detuviera por completo. El chófer de Lorenzo, un exmilitar con cara de pocos amigos, se bajó y me "escoltó" hacia el interior. No fue una invitación; fue una abducción sutil.
—Entre, señorita Rojo. Por su bien.
Me metí en la oscuridad del habitáculo climatizado. La puerta se cerró con un golpe sordo, aislándome del ruido de la calle y de mi propia libertad.
Lorenzo Castillo estaba allí.
Estaba sentado en el asiento de cuero color crema, revisando unos documentos con una cal