Salí de la sala de juntas con una sonrisa perfecta pintada en el rostro, pero por dentro estaba gritando.
Caminé directo al baño ejecutivo del pasillo, cerré la puerta y pasé el pestillo con manos temblorosas.
Me apoyé en el lavabo, respirando con dificultad. Mi cuerpo seguía vibrando, una sensación fantasma que persistía en mi piel y en mis nervios.
Me sentía sucia. No por el sexo, sino por la falta de control. Lorenzo me había convertido en una marioneta frente a doce inversores. Me había demostrado que podía tocarme sin ponerme un dedo encima.
—Maldito seas —susurré al espejo.
Me metí la mano bajo la falda, con rabia, y arranqué el huevo vibrador de mi interior.
Lo saqué con un gemido de alivio y frustración. Sostuve el pequeño objeto de silicona negra en mi mano. Todavía estaba tibio.
Lo tiré a la papelera con fuerza. El ruido sordo al golpear el metal fue el primer acto de mi rebelión.
Lorenzo creía que esto me domaba. Creía que al humillarme públicamente me estaba atando a él. S