Capítulo 11

Lorenzo caminó hacia la repisa de mármol y se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal tallado.

El sonido del líquido cayendo era lo único que rompía el silencio tenso de la habitación.

Yo seguía junto a la puerta cerrada, con la espalda apoyada en la madera fría, sintiendo el peso de su mirada aunque él me daba la espalda.

Se giró, sosteniendo el vaso.

Caminó hacia mí despacio. Sus pasos eran pesados, autoritarios. No era el paso de un hombre joven con prisa, sino el de un hombre maduro que sabe que el tiempo le pertenece.

Me ofreció la copa.

Extendí la mano para tomarla, necesitando el alcohol para calmar el temblor en mis dedos.

Justo antes de que mis dedos rozaran el cristal, él retiró la mano.

—No —dijo. Su voz bajó una octava, volviéndose oscura y rasposa—. Primero el castigo, Elena. Luego el premio.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Castigo? —repetí, intentando mantener mi máscara de CEO—. Soy tu socia, Lorenzo. No tu empleada.

Él dejó el vaso sobre una mesita auxiliar con un
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