Un aborto inesperado.
Ester no había dejado de cubrir sus labios con ambas manos mientras contemplaba, incrédula, que su amada hija era un ser majestuoso y mágico. Le costaba asimilarlo, pero no le temía; por el contrario, la ternura la desbordaba.
—Seguro, el padre de mi muchacha, era una bestia… y, por miedo a que yo no lo aceptara, nos abandonó —murmuró, dándole vueltas a la posibilidad de que Scarlet fuera especial por parte de su padre.
Pero al instante chasqueó la lengua y frunció el ceño.
—¡Tonterías! Y aunqu