La condición.
Respirando como un toro embravecido, con la mirada asesina que pasaba de su madre pálida al sonriente y burlón rey de los brujos; que no había apartado su mano de la cintura de Ana.
Derek se endureció hasta los huesos. Yeho lo empujaba por dentro, obligándole a querer arrancarle el corazón.
—¡Hechicero de m****a! —bramó—. Te arrancaré esos asquerosos dedos si no la sueltas.
El rey brujo se puso a reír, soltando una carcajada que olía a triunfo.
—Lobo —dijo con voz melosa—, me debes algo por habe