Ruego del alfa moribundo.
Ella se dejó caer a su lado, atónita. No podía creerlo. El hombre lleno de vida, el mismo que la había amado la noche anterior con la fiereza de un salvaje indomable, ahora tenía el cabello blanco, la mirada apagada y arrugas que le surcaban la piel.
Derek alzó la cabeza lentamente, con una sonrisa cansada.
—¿Por qué has venido a verme? —preguntó, atormentado; pues un humano no podía estar en ese salón sin sufrir repercusiones graves, incluso podría hasta morir con los órganos destrozados. Pero