Al caer la noche, Scarlet caminaba de un lado a otro en la pequeña habitación que Reiden les había prestado a ella y a su madre.
Cada paso que daba era un tamborileo de ansiedad que resonaba en sus huesos. Sentía el pecho oprimido, un nudo en la garganta y esa sensación insoportable de que, si no hacía algo, perdería a Derek para siempre.
—Debo verlo… —susurraba, estrujándose las manos contra el pecho como si intentara retener su propio corazón desbocado—. No me importa lo que diga mi suegra, ¡