Marca del destierro.
Mario conducía con el ceño fruncido, mirando por el retrovisor una y otra vez. La sensación de que alguien lo seguía le quemaba los nervios. Con un frenazo seco, detuvo el auto frente a un edificio viejo, con ventanas rotas y paredes ennegrecidas por el tiempo.
Alzó la mirada hacia la visera del conductor y la bajó de golpe, observando en el pequeño espejo la marca de rogue que ardía en su frente, brillando como un sello maldito desde que había abandonado la manada de su hijo.
—¡Mierda! —rugió