Besos, castigos y otras locuras.
—Soy tu mate —dijo Lioran, y la cargó como un saco de papas, firme pero sin violencia.
Salió de la posada con pasos decididos, sin prestar atención a las miradas curiosas de los pocos huéspedes. Aunque ninguno los conocía, nadie dijo ni hizo nada, pues la habían visto sonreír con él antes y asumieron que solo se trataba de una pelea de enamorados.
La noche era fría, y ella, a pesar de la furia, temblaba.
Lioran la colocó en el asiento del copiloto y le arrojó su chaqueta de cuero. Cerró la puer