91.
Cerré el correo.
—No voy a responder hoy.
Gavin asintió. —Eso también es una decisión.
Esa tarde, salí a caminar sola. Necesitaba aire. Pensar sin pantallas, sin voces externas. El barrio era tranquilo, con árboles jóvenes y veredas aún demasiado limpias, como si todo estuviera esperando ser vivido.
Pensé en lo lejos que había llegado.
En la mujer que fui cuando todo era defensa, control y resistencia. En cómo había aprendido a no necesitar… y, sin darme cuenta, había confundido eso con no querer.
Recordé mis propias palabras: no sé si sé quedarme.
Quizá nadie lo sabe al principio.
Al volver a casa, encontré a Mateo dibujando en el suelo del salón. Gavin estaba a su lado, ayudándolo a colorear sin salirse demasiado de las líneas.
—Mamá —dijo Mateo—, estamos haciendo un plano de la casa.
—¿Un plano?
—Sí. Para saber dónde va cada cosa importante.
Me mostró el dibujo. Había habitaciones torcidas, ventanas enormes y figuras humanas representadas con palitos.
—¿Y esto? —pregunté, señalando