Camila permaneció de pie durante un largo instante, mirando el vacío del salón como si ahí pudiera encontrar una respuesta inmediata a la súplica de Lola. El eco de sus palabras seguía vibrando en su mente: “Alexander… Sergio… perdón… por favor…” Nada de aquello era sencillo. Nada de aquello podía resolverse con una decisión impulsiva. Y, sin embargo, algo dentro de ella ardía, una mezcla de compasión, rabia contenida y una antigua lealtad que no terminaba de apagarse.
Salió a la terraza lentam