Me quedé allí, inmóvil, con el teléfono aún en la mano. La pantalla seguía encendida, mostrando el mensaje de Lola como si fuera una súplica escrita con sangre. No había más palabras. No había amenazas. Solo una petición cargada de desesperación.
Cerré los ojos lentamente.
—Piedad… —susurré para mí misma—. Qué palabra tan pesada.
No era la primera vez que alguien me pedía piedad. En el pasado, muchas personas habían venido a mí con lágrimas, con excusas, con historias trágicas. Y casi siempre, detrás de cada “piedad”, había una traición disfrazada de arrepentimiento.
Pero esta vez… esta vez era diferente.
Porque no era Sergio quien me lo pedía.
Era Lola.
La misma Lola que nunca me pidió nada cuando más podía hacerlo. La misma que renunció sin rencor. La misma que cuidó de Mateo cuando yo no podía ni levantarme de la cama. La misma que conocía mis heridas mejor que nadie.
Me senté lentamente en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero. El silencio del dormitorio era sofocante. S