Me quedé allí, inmóvil, con el teléfono aún en la mano. La pantalla seguía encendida, mostrando el mensaje de Lola como si fuera una súplica escrita con sangre. No había más palabras. No había amenazas. Solo una petición cargada de desesperación.
Cerré los ojos lentamente.
—Piedad… —susurré para mí misma—. Qué palabra tan pesada.
No era la primera vez que alguien me pedía piedad. En el pasado, muchas personas habían venido a mí con lágrimas, con excusas, con historias trágicas. Y casi siempre,