Caminaron unos pasos sin rumbo fijo, como si ninguno de los dos quisiera sentarse. Tal vez porque sentarse daba una sensación de permanencia, de estar atrapados en una conversación de la que no habría escapatoria. En cambio, caminar les permitía sentir que aún podían moverse, respirar, pensar… o al menos fingirlo.
Él fue el primero en romper el silencio otra vez.
“Pensé que no vendrías,” dijo con una voz que intentaba sonar neutral, pero que no lo conseguía del todo. Había grietas en su tono, grietas que solo alguien que lo conocía podía notar.
Camila dejó escapar una leve risa sin humor.
“Durante unos minutos, yo también pensé que no vendría.” confesó con sinceridad. “Pero… tampoco iba a pasar el resto de mi vida huyendo de conversaciones pendientes. Ya no.”
Eso último no era solo para él.
Era para ella misma.
Para su versión pasada.
Para esa mujer que solía callar, complacer, aguantar, postergar. Esa que creía que el tiempo solucionaba todo cuando, en realidad, el tiempo solo empeor