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Caminaron unos pasos sin rumbo fijo, como si ninguno de los dos quisiera sentarse. Tal vez porque sentarse daba una sensación de permanencia, de estar atrapados en una conversación de la que no habría escapatoria. En cambio, caminar les permitía sentir que aún podían moverse, respirar, pensar… o al menos fingirlo.

Él fue el primero en romper el silencio otra vez.

“Pensé que no vendrías,” dijo con una voz que intentaba sonar neutral, pero que no lo conseguía del todo. Había grietas en su tono, g
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