El aire en la oficina de Alexander olía a tormenta. No a la tensión eléctrica de un casi beso, sino al ozono pesado que precede a un choque de frentes de poder. Olivia estaba revisando los últimos informes de Clara—progreso real, tangible, los lavabos de piedra ya estaban siendo tallados, las mediciones para los cabeceros de madera se habían completado—cuando la puerta del estudio se abrió de par en par.
Charles Vance estaba allí, su rostro congestionado por una ira que apenas lograba contener.