La distancia entre ellos era ya una memoria. El aire, cargado de la electricidad de la discusión, se había transformado en algo denso, palpable, un campo magnético que atraía sus cuerpos el uno hacia el otro. La yema de los dedos de Alexander rozó la línea de la mandíbula de Olivia, un contacto tan leve como un suspiro, pero que le incendió la piel. Bajo su pulso, sintió el temblor casi imperceptible que la recorría, un eco del suyo propio. Olivia cerró los ojos, una rendición silenciosa. Las l