En algún punto de la costa, una persona marca un teléfono fijo desde su ostentosa oficina. Todo es de madera y terciopelo rojo, muchos libros y sobre todo fotografías ya amarillentas por el paso del tiempo. Parece un lugar cómodo y cálido.
Es más de la una de madrugada. No hay más sonidos que el timbre sonando del otro lado y el fuego consumiendo un puro cubano sobre un cenicero de cristal cortado. Mientras espera a que le contestén, está viendo unas fotos recientes que le han enviado a su cel