La ciudad amaneció con un silencio raro, como si el aire estuviera procesando algo que aún no comprendía. Los postes de luz titilaban en un lenguaje nuevo, más pausado, y las pantallas públicas de Aeon no mostraban anuncios, sino simples mensajes en blanco. En la esquina inferior, una palabra minúscula: criterio.
No era propaganda. Era eco.
Lena la vio desde la ventana y entendió.
Elías dormía en el sillón, en esa postura tensa de quien todavía se acomoda a un cuerpo distinto. Desde la poda, algo en su respiración había cambiado: menos errática, más honda, como si hubiera aprendido a sincronizarse con el tiempo humano otra vez.
Lena se acercó despacio. Lo observó sin la ansiedad de antes. Ya no necesitaba leerle el pulso para saber si estaba bien: el aire entre ambos bastaba. Lo despertó con un roce mínimo en el hombro.
Elías abrió los ojos sin sorpresa.
—Puerta de Agua.
—Hoy —dijo ella.
No hubo más palabras.
Ana los esperaba en la esquina, mochila al hombro y la libreta abierta. H