Elías no se sentó a programar: se sentó a pedirle permiso al día para volver a tocar lo que duele. Lo supo en el gesto mínimo de sus manos, abiertas sobre el borde de la mesa antes de caer sobre el teclado. En la torre de Aeon, el brillo de los monitores era una madrugada congelada. Afuera, el cielo aún no decidía si iba a nublarse o a despejar. Adentro, todo ya estaba pasando.
Abrió la consola con la ceremonia de siempre. No pensó en palabras grandes. Pensó en procedimientos: autenticación, au