Elías no se sentó a programar: se sentó a pedirle permiso al día para volver a tocar lo que duele. Lo supo en el gesto mínimo de sus manos, abiertas sobre el borde de la mesa antes de caer sobre el teclado. En la torre de Aeon, el brillo de los monitores era una madrugada congelada. Afuera, el cielo aún no decidía si iba a nublarse o a despejar. Adentro, todo ya estaba pasando.
Abrió la consola con la ceremonia de siempre. No pensó en palabras grandes. Pensó en procedimientos: autenticación, auditoría, espejo en baja, latencia entre nodos. N7 respondía con la docilidad de la víspera. N3 y N5 parpadeaban en amarillo, en espera. N9 respiraba. A los trece segundos de sesión, el panel mostró un renglón nuevo:
Destino: CODE_MOTHER
Advertencia: proceso no reversible
Solicitud: rastreo de raíz
El pulgar de Elías tembló apenas antes de teclear sí. No era miedo: era método. Si el pulso se iba, él también.
La pantalla pidió doble factor. La aplicación del teléfono tardó un segundo más que ayer