Elías supo que el cuerpo ya no era del todo suyo cuando la palabra “ascensor” se le quedó a medio camino y solo pudo pensar “caja que sube”. No era olvido común: era una costura floja en la mente. Apoyó la frente contra el vidrio y sintió el frío como un consejo. Respira. El reflejo del vidrio hizo algo peor que devolverle la cara: se quedó un segundo más, mirando, cuando él ya había bajado la vista. Era un pequeño desfase, un eco que aprendía sin permiso.
La torre a esa hora tenía el cansancio correcto: técnicos con café de máquina, un carrito con cables, el zumbido perseverante de los servidores. Elías pasó directo a su oficina, cerró sin seguro —enseñanza de guerra: las puertas ni abiertas del todo ni cerradas del todo—, marcó su token y respiró tres veces más. La fiebre no subía como fiebre: subía como latencia. El mundo tardaba un milisegundo extra en obedecer.
El panel principal reconoció su biometría con un gesto que a veces parecía cariño. N7, verde. N3, N5, N9 en amarillo. Re