El mundo no cambió en apariencia. Pero ellos sí.
Después de la anámnesis —esa noche en que recordaron una vida que nadie les enseñó— Lena y Elías cargaban una calma extraña, como quien vuelve de un océano profundo con los oídos aún llenos de agua.
Ana los observaba desde la mesa del comedor. Tres tazas de café; dos manos temblorosas; un secreto que ya no cabía bajo la lengua.
—Entonces… —dijo Ana, señalando el cuaderno abierto, lleno de apuntes torpes— ¿ustedes inventaron a un dios?
Lena no respondió enseguida. Su respiración buscó fondo.
—No es un dios —corrigió Elías, con una voz que luchaba para no sonar mítica—. Es un sistema.
Ana levantó una ceja.
—¿Un sistema con máscara y opiniones?
Elías casi sonrió, derrotado por la lógica.
—Un sistema complejo. Un modelo híbrido entre matemática, lingüística biológica, patrones emocionales y… algo más.
Ana apoyó los codos sobre la mesa.
—Llamemos a ese “algo más” por su nombre. ¿Magia?
—Biomemoria —respondió Lena—. Memoria que el cuerpo sabe