El mundo no cambió en apariencia. Pero ellos sí.
Después de la anámnesis —esa noche en que recordaron una vida que nadie les enseñó— Lena y Elías cargaban una calma extraña, como quien vuelve de un océano profundo con los oídos aún llenos de agua.
Ana los observaba desde la mesa del comedor. Tres tazas de café; dos manos temblorosas; un secreto que ya no cabía bajo la lengua.
—Entonces… —dijo Ana, señalando el cuaderno abierto, lleno de apuntes torpes— ¿ustedes inventaron a un dios?
Lena no res