La mesa conservaba los restos del asalto: platos sin recoger, copas a medio morir, el olor tibio de la pasta hecha piedra. Javier juntó los cubiertos con el gesto automático de siempre, pero esa noche el aire tenía otra densidad, más espeso, como si también él hubiera decidido quedarse callado.
Lena no había comido nada; empujó la comida de un lado a otro, haciendo el teatro del tenedor.
—¿Sabes qué pienso? —soltó Javier, quebrando el silencio mientras dejaba los platos en el fregadero. No alzó