Ana llevaba días con la misma cosquilla en la nuca. No era un presentimiento cualquiera, sino una alarma encendida que no se apagaba por más que intentara ignorarla. A Lena le pasaba algo. No hacía falta que nadie se lo dijera: lo veía en la forma en que su amiga se perdía a mitad de una conversación, en las sonrisas automáticas que se evaporaban al segundo siguiente, en esa sombra invisible que parecía acompañarla a todas partes.
Habían pasado apenas un par de días desde la convención. El recu