La galería estaba llena esa tarde de sábado. No era una multitud abrumadora, pero sí suficiente para que el aire vibrara con murmullos y el tintineo de copas de vino barato. Había colgado tres piezas nuevas: una serie de trípticos inspirados en el mito rumano de la —Miorița —la oveja que predice su propia muerte y acepta su destino con dignidad trágica. En mis versiones, la oveja se transformaba en mujer, rompía sus cadenas y caminaba hacia un horizonte de fuego azul. El zafiro del collar había