La llamada llegó a las 3:17 de la tarde, número desconocido que contesté por instinto. La voz de la directora del colegio era calma profesional, pero las palabras me atravesaron como hielo:
—Caleb se cayó en el patio durante el recreo. Se golpeó la cabeza. Está consciente, pero lo llevamos al hospital por precaución. Vengan rápido.
No recuerdo haber colgado. Solo corrí hacia el auto, Isaías ya al volante —había llegado minutos antes a dejar documentos.
El trayecto fue borrón de semáforos en ro