Caleb despertó con las mejillas ardiendo. Al mediodía ya tenía treinta y nueve de fiebre y se negaba a comer. Le di paracetamol, paños húmedos y lo mantuve en el sofá con su película favorita de dragones, pero el niño solo se acurrucaba contra mí, sudoroso y quejumbroso.
—Mami, me duele todo —murmuraba.
Para las siete de la tarde, la fiebre había subido. Sentí el pánico subirme por la garganta. Aún no estaba recuperada del accidente; cada movimiento me recordaba el dolor en las costillas. Llamé