La noche cayó suave sobre la casita, sin lluvia, solo silencio espeso esperando ser roto. Caleb dormía temprano, agotado del parque con Ligia. Encendí la lámpara de mesa —la misma que usaba para pintar tarde—. Isaías sentado en el sofá, manos entrelazadas entre rodillas, mirando el suelo como si allí estuviera su confesión pendiente.
Habíamos hablado mucho: cuadros, Caleb, cómo frenar a Mariel. Pero nunca de verdad. De lo que dolía debajo.
Rompió el silencio yo.
—Me di cuenta de algo estos días