La sala pequeña del centro cultural parecía más grande de lo que recordaba. Cinco lienzos colgaban bajo luces blancas que no perdonaban. Zafiro Roto. Había invertido dos semanas en enmarcarlos, en elegir los títulos, en creer que alguien más podría ver lo que yo ponía en cada trazo.
A las seis de la tarde solo habían entrado doce personas. A las siete y media seguían siendo doce. Una pareja compró una pieza pequeña —la menos personal, un paisaje abstracto— más por cortesía que por convicción. Na