La galería amaneció con un correo que me heló la sangre. Asunto: «Queja formal por plagio y difamación». Remitente anónimo, pero el tono era inconfundible: elegante, cortante, cargado de veneno sutil. Mariel. Acusaba mis piezas de «Zafiro Roto» de copiar motivos de una supuesta colección privada de arte rumano que ella había «curado» años atrás. Amenazaba con demanda por daños a la reputación si no retiraba las obras de inmediato. Adjuntaba capturas de mis publicaciones en Instagram, círculos r