L;a medianoche me encontró sentada en el pequeño escritorio que había improvisado entre cajas y lienzos a medio terminar. La lámpara proyectaba un círculo ámbar sobre la madera rayada. Caleb dormía en la habitación contigua; su respiración suave y regular era el único sonido que me anclaba al mundo.
Frente a mí estaba la carta de mi abuela, ya leída tantas veces que las palabras se habían grabado a fuego en mi memoria. Junto a ella, el viejo diario que encontré al mudarme. No abrí ninguno. Solo