La sala de audiencias olía a madera vieja, desinfectante y miedo. El murmullo del público se apagó en cuanto las puertas se abrieron y dos guardias escoltaron a Elías hasta el banquillo. Su figura parecía más delgada, el rostro pálido, los ojos grises apagados por noches sin descanso. Vestía el uniforme gris del centro de detención, pero su porte seguía intacto. Frente a él, el fiscal Garmendia lo observaba con el aplomo satisfecho de quien ya se siente vencedor. A su lado, Darío Silver se aco