El ligero ardor en su mejilla era un recordatorio impertinente. Ricardo Auravel se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del limusina, observando el tenue enrojecimiento donde Clara lo había abofeteado. ¿Cómo era posible que esa mujer, después de todos estos años, todavía tuviera el poder de herirlo? Sacudió la cabeza. La debilidad era un lujo que no podía permitirse. No hoy.
Al llegar a la suite de Gloria en el hospital, se encontró con una escena que no esperaba: la joven, pálida p