El corazón de Gabriel latía con un ritmo desbocado y sordo, como un tambor ahogado en algodón. Cada paso por el corredor del centro de rehabilitación era una eternidad. El presentimiento que lo carcomía desde la mañana se había convertido en una garra fría alrededor de su pecho.
—Gabriel —la voz de Mauricio, suave pero firme, lo detuvo justo antes de que su mano tocara la puerta de la habitación—. Respira. Sea lo que sea lo que diga, lo manejamos. Juntos.
Gabriel asintió, pero la ansiedad no