La noche anterior al aniversario de Bodegas Brévenor, el aire en el lujoso departamento de Gloria estaba cargado de una tensión que nada tenía que ver con la elegancia de sus muebles. Ricardo, de pie frente a la ventana con un whisky en la mano, observaba las luces de la ciudad como un general estudiando un campo de batalla. Mario, su sombra silenciosa, permanecía inmóvil cerca de la puerta, una presencia sólida y letal.
—Todo está listo —anunció Ricardo, sin volverse—. La lista de invitado