El salón de la gala de Brévenor era un hervidero de cristal, seda y susurros elegantes. Esteban, en el centro de la tormenta social, recibía a los invitados con su acostumbrada compostura, pero su sonrisa era un eco pálido de la arrogancia de antaño. Su mirada escrutaba la multitud, deteniéndose por un momento en Gloria, quien lucía pálida y cansada en un rincón. Más tarde le diré que se retire, pensó con un destello de preocupación que le resultaba nuevo.
Entonces la vio. Valeria, avanzand