El amanecer en la cala privada fue un espectáculo de tonos dorados y naranjas que se reflejaron en la piel sudorosa de Elías y Valeria. El sol naciente los encontró entrelazados, el calor del nuevo día reemplazando al de sus cuerpos. Valeria, deslumbrada por la belleza del momento y aún embriagada por la pasión de la noche, admiró el paisaje por un instante antes de que una sonrisa pícara se dibujara en sus labios.
Sin mediar palabra, se subió sobre Elías, que yacía medio dormido. Él despertó