La puerta del estudio se cerró. El silencio que quedó era denso, cargado de los ecos de la verdad y el dolor. Valeria permaneció sentada, inmóvil, durante lo que pareció una eternidad. No miraba a Elías. Observaba sus propias manos, como si ya no las reconociera, como si la sangre y las mentiras de su padre ahora mancharan también su propia piel, su legado, su identidad entera.
Elías contuvo la respiración, dominado por ese silencio que era más elocuente y aterrador que cualquier grito.
Cuando